Roberto Daniel Villar, de 60 años, realizó su primer reparto de la noche el pasado viernes 5 de junio. Se dirigió a la casa de un vecino mayor, ubicada en la calle Ucrania al 2400, en Lanús, a quien conoce desde hace años y a quien a veces saluda con un beso. Daniel, como lo llaman, es gestor automotor, pero desde hace 13 años trabaja los fines de semana como repartidor en la pizzería de su barrio.

“Muchas veces la gente no se da cuenta, sale sin el dinero o tarda en abrir. Uno queda expuesto afuera”, relató Daniel en diálogo con Clarín desde su casa en Villa Industriales, Lanús. Ese viernes, alrededor de las 20:30, llegó en su Fiat Siena a la puerta del domicilio con una pizza y tocó el timbre, cuando fue sorprendido por dos delincuentes.
Los ladrones llegaron en contramano en un Volkswagen Gol blanco. El acompañante descendió del vehículo, llevaba una gorra y capucha, pero Daniel no logró identificarlo. La situación duró apenas segundos, por lo que no pudo determinar si el agresor era joven o si estaba bajo efectos de sustancias, aunque cree que no tuvo intención de dispararle.
“Yo intenté sacar las llaves del bolsillo y me disparó. No sé nada de armas, nunca tiré un tiro en mi vida ni quiero hacerlo. Sentí que me disparó en la panza y se fue. Para mí se le escapó”, contó. Tras el ataque, los vecinos lo ayudaron ofreciéndole una silla y la policía llegó rápidamente.
Daniel es padre de cuatro hijos y abuelo de dos nietos. Uno de ellos le había pedido en varias ocasiones que dejara de hacer repartos por la noche. “Ese día casi llevo a mi nieto de siete años, que me había pedido figuritas y otras veces venía conmigo y se quedaba con las propinas para comprarlas. Por suerte no vino ese día, no sé qué habría pasado”, reflexionó.
Tras el disparo, alguien llamó a su hijo para que lo asistiera. “Podía manejar, pero tenía miedo de descompensarme. Entonces manejó él, nos cruzamos con la ambulancia, la paramos y subí consciente. Nunca estuve inconsciente, me miraba la panza para ver si no se hinchaba, pero no sangraba demasiado”, describió.
En el hospital Evita de Lanús, le realizaron una cirugía para extraer el proyectil, que había quedado alojado en la parte baja del abdomen. Daniel mostró una fotografía de la herida y bromeó: “La saqué barata, decí que tengo una panza prominente. Si la bala entraba más arriba, hubiera sido un desastre; un poco la grasa la atajó”.
Según los primeros indicios, la bala sería de un calibre pequeño, posiblemente .22. No es la primera vez que Daniel sobrevive a una situación extrema: durante la pandemia de COVID-19 estuvo intubado 14 días y 41 internado en terapia intensiva. “Hago sufrir a mis hijos”, admitió con humor.
Esta vez, solo permaneció hospitalizado hasta el sábado y el domingo ya salió a comprar pastas para recibir a sus nietos. La causa por “tentativa de robo agravada por uso de arma de fuego y lesiones leves” está a cargo de la Fiscalía N° 7 de Lanús-Avellaneda y la comisaría 5°, aunque la víctima aún no fue citada para declarar ni ha presentado la denuncia.
“¿Para qué? No creo en eso de la mano dura. Ya fue un hecho que me pasó y gracias a Dios estoy bien y puedo seguir disfrutando de mis nietos”, concluyó Daniel.
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